Una nunca sabe el giro que, de repente, puede tomar la vida.
Te levantas cada mañana, desayunas y sales de casa, pensando en lo que vas a hacer a continuación. Nunca pensando en el futuro. Nunca te paras a pensar qué te pasará el año que viene, qué harás, si estarás o no con alguien, si estarás feliz o en una situación dura.
Cuando eché la inscripción a Bachillerato tuve miedo. Miedo porque yo, en ese momento, no era una persona demasiado social. O más que social, se puede decir que se me atragantaba el hecho de convivir en un grupo.
Nunca se me ha dado bien eso del día a día en una clase, agrupación, como queráis llamarlo. Pero desde luego, no pensé, ni siquiera imaginé que iba a acabar siendo el mejor curso de mi vida.
He aprendido demasiadas cosas este año, y diría que todo (o casi todo) me ha salido tan bien que, a veces, sigo sin creérmelo.
Echo la vista atrás, cuando paseaba por las calles de Portugal con esa sensación en el cuerpo de inseguridad, de pensar que aquello no iba a salir bien, y ahora me río de esa absurda versión de mí misma.
Este año he cumplido más objetivos de los establecidos.
He crecido mentalmente (y físicamente también, para qué negarlo), como persona y con ella mis valores. He logrado hacerme un pequeño hueco entre todos ellos y ser realmente feliz.
Jamás lo había sido como hasta ahora.
Aunque, como dice la vieja canción de Celtas Cortos, algo echo en falta y no sé si será el amor.
Lo que sí sé es que puedo decir que me siento feliz de todo lo que he conseguido.
Orgullosa:
De sacar adelante un curso que pensé que jamás iba a sacarme.
De haber conocido a tanta gente especial en la clase: Pilar, Vicky, Alex, David, Ana, Raquel, Eunice... en fin, todos.
De tener la oportunidad de tocar con La Oreja de Van Gogh por mi buen curso en el Liceo de Moguer.
Del viaje a Madrid.
Y el de Ubrique con la banda.
De aprender a sonreír ante todo y todos.
De cada abrazo.
De cada te quiero.
De tenerte conmigo.
Orgullosa de la vida. Y de mí.

