
La gente que más me conoce suele resaltar mi positivismo. Esos momentos en los que, a pesar de estar destrozada por dentro, saco el valor para esbozar una sonrisa y decir que estoy bien, que soy fuerte y lo superaré.
Pero no siempre he sido así. Antes era todo lo contrario, todo me hacía sentirme mal.
Me costaba aceptar las cosas, el mundo parecía caer en mis hombros y su peso llegaba a asfixiarme. Quizás fue la muerte de una de las personas que más he querido en mi vida la que me hizo cambiar mi modo de pensar.
Una persona, cuando muere, sólo lo hace físicamente. Si hay algo que nunca nos podrán quitar son los recuerdos, los buenos y malos momentos, la manera en que los interpretamos y el sentido que decidimos darle. Después de la gran depresión que supuso esto en mi vida, empecé a verlo más de ese modo. Y es que todo es así.
Ves una película basada en un hecho real hace muchos años y en la actualidad te sigue emocionando, sigue llegandote al corazón, al igual que todas esas historias que nuestros padres nos cuentan sobre esos familiares que nunca llegamos a conocer, o si lo hicimos fue en una época muy primeriza de nuestra existencia, tal que nuestra memoria no alcanza a recordarlo. Incluso en libros, en obras de teatro que muestran hechos de nuestro pasado que a priori parecían muertos para la sociedad. Pero nada muere. Permanece en nosotros, en nuestra experiencia con ellos.
Por eso intento verlo de otra forma. Intento ver que los sentimientos de las personas son capaces de atravesar el tiempo, hasta llegar a quienes hemos nacido mucho después. Intento pensar que merece la pena tomarles cariño a las cosas , y a la vida, y a la gente, aunque las cosas se pierdan, la vida se acabe y la gente se muera.
Dedicado a esa persona.
Hay una cosa muy curiosa en todo esto. El ser humano siempre necesita "algo" para seguir adelante, levantarse, sonreír etc. Las personas por si solas no son capaces de nada y si alguna vez en algún caso en la historia, se le a llamado loco.
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