miércoles, 29 de mayo de 2013

En sus entrañas...



Todas las mañanas se levantaba al alba y rociaba su semblante con polvos de arroz, lo cual daba un toque pálido y aterciopelado a su piel blanca de por sí. Peinaba sus cabellos de oro con sumo mimo, desenredando las suaves ondas con los dedos mientras una canción alegre brotaba de sus labios. Se pellizcaba un poco las mejillas y engrosaba sus pestañas y acentuaba sus labios con un bálsamo de rosas. Rodeaba su cuello de perlas y capturaba sus formas en un esplendoroso vestido blanco que la mayoría de las veces brincaba libremente al compás de sus caderas.

-¿Dónde va tan hermosa, señorita? -le preguntaba su doncella cada mañana, embelesada con la extraordinaria belleza de su joven señora.

-A enamorar al mundo -respondía ella muy coqueta.

-¿Acaso busca el amor?

-Sí. Constantemente sueño con que me sorprenda, y puesto que habitúa a visitarnos sin nosotros haberlo previsto, he decidido que estaré preparada siempre. Visíteme el amor cuando me visite, que siempre los esperaré hermosa e ilusionada.

-Estoy segura de que ya hay cien jóvenes en la ciudad perdidamente enamorados de usted.

-Tengo algún que otro pretendiente -concedió la joven con modestia- pero me temo que mi corazón no se ha comprometido con ninguno de ellos.

-¿Ninguno es de su agrado? -tanteó la empleada.

-Todos me agradan, más a ninguno de ellos amo.

-¿Por qué no?

-No he sentido que mi corazón se encabritara con ninguno de ellos.

-¿Y ha de hacerlo? ¿Es un síntoma del amor?

-Claro que sí. El amor es una de las emociones más fuertes que experimentamos; es lógico esperar del corazón una reacción desmedida.

La doncella se encogió de hombros, no muy segura de haber comprendido el concepto del amor que tenía su ama. De todos modos, decidió que no importaba, ya que el amor no era algo que le fuera a dar de comer.

-Que tenga un buen día, señorita -le deseó la criada mientras se concentraba en sus numerosos quehaceres.

La joven dama salió de palacio, radiante como un día soleado, y su sonrisa enloqueció el corazón de todo aquel que la miró. Todos soñaban con conocerla y unir el nombre de ella al suyo propio. Formar pareja en boca de los demás, mientras otros ojos admiraban el indiscutible sentimiento que unía sus manos.

Cuando la muchacha se paseó por el mercado, un hombre que vendía flores la halagó con un enorme ramo de rosas rojas, y ella se las pagó con una sonrisa perlada. Continúo su camino hacia el inicio del bosque, donde los árboles protegieron su avance. El sol deseaba brillar en sus cabellos y peleaba por filtrarse a través de las hojas y alcanzarla. Poco a poco, el bosque la engullo en su pacífica calma y ella se perdió en la belleza de la naturaleza. Al fin llegó a un claro, donde un lago de aguas diamantinas reclamaba para su causa la mayor parte del terreno. La joven se sentó al borde de éste y se empapó las manos de nieve para refrescarse el pecho. Las rosas descansaban sobre su vestido blanco, y los pétalos que se habían desprendido de las flores lo salpicaban como gotas de sangre.

-¿Qué es el amor al fin y al cabo? -se dijo en voz alta, mientras estudiaba su reflejo en las aguas-. La fusión dedos rumbos que antes caminaban zancadas errantes. Porque, ¿para qué vivimos sino para amar? Nos esforzamos por amar cada detalle de nuestra existencia. Cada elemento que conforma nuestro día a día… Amaos, amar, porque necesitamos darle una utilidad al corazón. De otro modo, el vacío nos haría cuestionarnos nuestra existencia… Al final, siempre buscamos amar. No sabemos vivir de otro modo.

-Los hay quienes hemos aprendido a vivir sin él a viva fuerza -exclamó alguien de entre las sombras.

La joven dio un respingo y se volvió sobre sí misma, escudriñando las sombras en las que se refugiaba el bosque. Pero no descubrió a nadie.

-Créeme, te hago un favor al esconderme de ti -volvió a hablar la voz.

-¿Quién eres?

-El amor es bello y solo ama la belleza -siguió diciendo la sombra, haciendo caso omiso a la pregunta de la muchacha-. No es para monstruos como yo.

La joven olvidó su preocupación por la identidad del desconocido, y en cambio, sus ojos se colmaron de tristeza.

-¿Alguna vez has estado enamorada? -preguntó la voz.

-Sí, hace tiempo…

-¿Y cuando mirabas a esa persona te pareció algo bello?

-Lo más bello del mundo -afirmó ella.

-Tú eres lo más hermoso que he visto nunca -declaró el desconocido-. ¿Me dejas pues, contemplarte, aunque solo sea para saborear un espejismo de amor?

La joven se quedó callada, desconcertada por la extraña petición. En cierto modo le asustaba consensuar algo tan íntimo, ya que, aunque naturalmente siempre era observada por la gente, esta vez era diferente. Iba a ser una práctica unilateral, donde unos ojos que desconocía se recrearían en sus formas. La sombra debió captar la duda que echaba raíces en ella, por lo que suplicó:

-Por favor…

Y ella cedió. Sintió unos ojos expectantes recorrer su figura, y aunque llevaba muchas capas de ropa, sintió como su piel ardía, reaccionaba a ese íntimo calor que le llegaba desde algún rincón del bosque.

-Retírate el cabello para que pueda apreciar tu cuello, por favor.

Ella obedeció, acomodando su brillante cascada de oro en uno de sus hombros. El fuego de su mirada se concentró en ese punto, e inconscientemente, ella se llevó la mano a ese punto, como si quisiera calmar la piel que se erizaba bajo la atención de aquellos ojos que reverenciaban su anatomía. Su mano acarició el grácil gaznate que tantas veces habían alabado declarando que era tan sofisticado como el de un cisne.

-Déjame ver tus hombros, por favor -pidió la voz con la voz ligeramente ronca.

La muchacha trasladó su mano de su cuello a las mangas de su vestido, y tiró de ellas lo suficiente para que el desconocido quedara satisfecho. Al retirar el traje, el escote de la prenda también descendió, dejando entrever una buena parte del inicio de sus pechos.

No tardó en enfermarse del clima erótico que comenzaba a caldear el ambiente, y su respiración se aceleró mientras la piel le escocía implorando el ruego de una caricia. Así que cuando el extraña esbozó si siguiente petición, sus manos ya se habían adelantado.

-Tu corazón… -rogó él con la excitación palpable en su tono de voz.

Las manos de ella ya habían empezado a desatar los lazos frontales del vestido, liberando los senos que se alzaban contra la ropa, buscando el placer del roce. Al fin quedaron libres de la opresión del vestido, y se hincharon a la luz de la mañana, los ojos ávidos que gemían ante la visión. La joven recogió sus pechos entre las manos y jugueteó con las puntas de éstos, excitada como nunca antes lo había estado.

El extraño no volvió a hacer otra solicitud. Sus mentes se sincronizaron y ella se desnudó al completo, respondiendo al deseo de los dos. Cuando al fin el sol pudo acceder a cada rincón secreto de su cuerpo, la voz susurró maravillada:

-Eres tan hermosa…

La joven sonrío a las sombras y preguntó directamente:

-¿Dónde te gustaría que te sintiera?

El monstruo guardó silencio, conmocionado por su ofrecimiento. La joven orientó su rostro en todas las direcciones, sonriendo ampliamente, infundiéndole valor.

-En el centro de ti -respondió finalmente la bestia, con la voz áspera de deseo.

Ella deslizó sus manos a lo largo de su vientre, con lentitud intencionada, sumergiéndolos a los dos en un instante de expectación, dejando que la mente de ambos saborearan aquel momento precedente, aquella maravillosa impaciencia que los consumía en el mismo fuego. Al fin las puntas de sus dedos rozaron su centro, y ella cerró los ojos mientras jugueteaba consigo misma, atormentándose de manera placentera. Sus dedos frotaban su sexo y buscaban alargar ese perfecto instante hasta la eternidad. Sintió como un fuego poderoso se abría paso en sus entrañas, como sensaciones palpitantes recorrían cada fibra de su cuerpo… Su corazón se dilataba al aliento de esa llama… Y entonces lo sintió. Un cuerpo cálido, grande y fuerte pegado a su espalda. Una voz rasposa en su oído pidiéndole que cerrara los ojos… Unas garras enormes que describían la curva de sus senos… Y pese a la bestialidad que se advertía en su contacto, mientras la acariciaba, parecía que esas manos de dedos engarfiados estuvieran envueltas en guantes de seda.

No le importó su aspecto. En realidad, nada importaba salvo reconocer en él una pasión equivalente a la suya, un grito de placer compartido, un mismo viaje hacia un dulce olvido. Una invasión de sensaciones que hicieron frente abrazados, bebiendo de la fuente del mismo placer.

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