
Recuerdo cuando era pequeña y pasaba nerviosa todos estos días antes de la noche de Reyes Magos. Recuerdo que deseaba que llegara el primer día de colegio para presumir orgullosa de mis roller nuevos, de mis jueguetes o de mis zapatos de deporte, por no hablar de la ropa que siempre te traían, o del dinero que con ilusión metíamos en la hucha y que gastábamos en chucherías.
¿Cuál es nuestra ilusión ahora? Gastarnos el saldo del móvil en 200 mensajes para felicitar a toda la gente posible, agotar la paga del mes en botellas de alcohol e intentar entrar al nuevo año con la cogorza del año, valga la redundancia.
Crecemos y dejamos de lado aquello que fuimos por lo que la sociedad quiere que seamos. Olvidamos en el pasado un mundo en el que el tiempo no importaba y donde nosotros éramos los protagonistas de nuestra propia vida, no una oveja más de este rebaño el cual no contemplamos abandonar por miedo a una marginación. En esta vida que nos tocó vivir o formas parte de ese rebaño o eres la oveja negra. Un castigo demasiado duro para las personas que sólo quieren seguir siendo ellas mismas: no una más entre mil.
Y es que la Navidad llega años tras año, esperando a que nos demos cuenta de que sólo podremos disfrutarla de verdad si volvemos a ser niños.





